jueves, 22 de mayo de 2014

QUINO, MAFALDA Y EL PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS

Cincuenta mil euros en efectivo y una estatuilla diseñada por Joan Miró, además de un diploma y una insignia conmemorativa, aguardan a Joaquín Salvador Lavado "Quino" tras ser elegido, entre 22 candidatos de 14 países, ganador del Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014 por el jurado presidido por Víctor García de la Concha, director del Instituto Cervantes, en reconocimiento a su "enorme valor educativo" y "dimensión universal de su obra".

Quino recibe el galardón 81 años después de aquel lejano 1932 cuando naciera en Córdoba (Argentina), hijo de emigrantes malagueños y que pronto recibiría el apodo con el que es conocido para distinguirlo de su tío Joaquín Tejón, pintor y diseñador gráfico junto al cual descubrió con tan solo tres años su vocación. Tras abandonar la Escuela de Bellas Artes en 1949, "cansado de dibujar ánforas y yesos", Quino se inclina definitivamente por el dibujo de historietas de humor. 

En 1963 publica su primer libro "Mundo Quino" cuyo éxito le proporciona ofertas de trabajo interesantes. Una de ellas viene de la cadena de electrodomésticos Mansfield que le encarga unas tiras de historietas con fines publicitarios en las que el protagonista sea un personaje cuyo nombre empiece por M y recuerde a la marca del anunciante. Así surge Mafalda, esa niña de espeso pelo negro que odia la sopa cuya inocencia no le impide entrar en permanente controversia con los adultos y en la que encuentra su mejor caldo de cultivo la más afinada ironía y el escepticismo a ultranza que caracterizan la personalidad del propio Quino,  quien recientemente ha declarado: "El mundo ha cambiado mucho. Me acerqué a Alfonsín y me desilusioné después. En la política siempre se meten los cochinos intereses personales. He creído en la revolución cubana, pero uno se va desilusionando. En esta etapa me siento más escéptico."

A lo largo de nueve años, las tiras de Mafalda dieron la vuelta al mundo con su visión, mitad divertida mitad dolida, del mundo y cuantos lo habitan. Frases como "Amo a la humanidad, lo que me revienta es la gente" o "No pido que me amen, con que no me jodan es suficiente" o esa otra que dice "lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre" reflejan ese halo de escepticismo y desencanto existencial con el que todos identificamos a Mafalda.

Junto a ella aparecen una serie de amiguitos con variopinta personalidad que encarnan diversas actitudes ante la vida: Felipe, el mayor de todos, siempre angustiado y pesimista; Manolito, hijo de emigrantes españoles de carácter un tanto brusco, al que le gusta la sopa y cuyo sueño es llegar a propietario de una gran cadena de supermercados cuando sea mayor; Susanita, la mejor amiga de Mafalda, obsesionada con casarse y tener muchos hijos; Guille, el hermano pequeño de Mafalda, cuya ingenua rebeldía respecto de su hermana mayor reproduce la que Mafalda exhibe frente a los adultos... Y junto a ellos y sobre ellos, los padres, él de nombre desconocido, agente de seguros obsesionado con llevar dinero a casa y ella, Raquel, mujer que abandonó sus estudios para dedicarse a su casa y a tener hijos, cosa que Mafalda siempre le recriminó. Unos padres de clase "mediaestúpida" según expresión de su hipercrítica hija.

La enorme popularidad a escala planetaria que alcanza Mafalda lleva a Quino en 1973 a tomar la sorprendente decisión de acabar con sus peripecias. Tal vez Mafalda había conseguido tal éxito que amenazaba con engullir a su propio creador, como en tantas ocasiones ha ocurrido con los autores de personajes mundialmente celebrados. A partir de entonces Quino continuó sorprendiendo con sus historias pero ya en medio de un humor mucho más mordaz y desgarrado, un humor más próximo a los adultos. 

Premio Príncipe de Asturias merecidísimo sin duda, pero que, imbuidos del espíritu de Mafalda, nos despierta un cierto regusto de amargura. Nuestro único, genial, inmenso Antonio Mingote nunca alcanzó tal distinción por culpa de algún que otro estúpido más inclinado al favoritismo político que al reconocimiento del talento. Ojalá que estemos a tiempo de enmendar errores pasados con un futuro Premio a alguno de nuestros grandes dibujantes de humor, Forges sin ir más lejos, antes de que sea demasiado tarde y nos entren ganas de exclamar:





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