QUINO, MAFALDA Y EL PREMIO PRÍNCIPE DE ASTURIAS
Quino recibe el galardón 81 años después de aquel lejano 1932 cuando naciera en Córdoba (Argentina), hijo de emigrantes malagueños y que pronto recibiría el apodo con el que es conocido para distinguirlo de su tío Joaquín Tejón, pintor y diseñador gráfico junto al cual descubrió con tan solo tres años su vocación. Tras abandonar la Escuela de Bellas Artes en 1949, "cansado de dibujar ánforas y yesos", Quino se inclina definitivamente por el dibujo de historietas de humor.
Junto a ella aparecen una serie de amiguitos con variopinta personalidad que encarnan diversas actitudes ante la vida: Felipe, el mayor de todos, siempre angustiado y pesimista; Manolito, hijo de emigrantes españoles de carácter un tanto brusco, al que le gusta la sopa y cuyo sueño es llegar a propietario de una gran cadena de supermercados cuando sea mayor; Susanita, la mejor amiga de Mafalda, obsesionada con casarse y tener muchos hijos; Guille, el hermano pequeño de Mafalda, cuya ingenua rebeldía respecto de su hermana mayor reproduce la que Mafalda exhibe frente a los adultos... Y junto a ellos y sobre ellos, los padres, él de nombre desconocido, agente de seguros obsesionado con llevar dinero a casa y ella, Raquel, mujer que abandonó sus estudios para dedicarse a su casa y a tener hijos, cosa que Mafalda siempre le recriminó. Unos padres de clase "mediaestúpida" según expresión de su hipercrítica hija.
La enorme popularidad a escala planetaria que alcanza Mafalda lleva a Quino en 1973 a tomar la sorprendente decisión de acabar con sus peripecias. Tal vez Mafalda había conseguido tal éxito que amenazaba con engullir a su propio creador, como en tantas ocasiones ha ocurrido con los autores de personajes mundialmente celebrados. A partir de entonces Quino continuó sorprendiendo con sus historias pero ya en medio de un humor mucho más mordaz y desgarrado, un humor más próximo a los adultos.
Premio Príncipe de Asturias merecidísimo sin duda, pero que, imbuidos del espíritu de Mafalda, nos despierta un cierto regusto de amargura. Nuestro único, genial, inmenso Antonio Mingote nunca alcanzó tal distinción por culpa de algún que otro estúpido más inclinado al favoritismo político que al reconocimiento del talento. Ojalá que estemos a tiempo de enmendar errores pasados con un futuro Premio a alguno de nuestros grandes dibujantes de humor, Forges sin ir más lejos, antes de que sea demasiado tarde y nos entren ganas de exclamar:
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