DEL GÉNESIS AL BIG-BANG
Cuando allá por el siglo XVIII a la humanidad le entró esa especie de rebeldía adolescente que le llevó a desechar la idea de Dios como Creador del Universo al considerar que el avance del conocimiento científico de la época chocaba frontalmente con la concepción creacionista de la Biblia, pocos podrían imaginar que tres siglos más tarde la ciencia progresaría tan espectacularmente como lo ha hecho y, lo que es aún más sorprendente, en una dirección convergente con las tesis creacionistas a medida que atisbamos qué es lo que ocurrió en los primeros minutos del Universo.
En los últimos meses se han sucedido una serie de constataciones científicas de la mayor trascendencia que han venido a corroborar experimentalmente en los aceleradores de partículas las luminosas anticipaciones que Albert Einstein nos avanzara teóricamente con un trozo de tiza en la oscura sencillez de una pizarra, a saber: 1. no hay ninguna partícula más veloz que la luz; 2. el Universo se expande en todas direcciones a partir de una gran explosión inicial (Big Bang) y 3. el bosón de Higgs, la denominada "partícula de Dios" existe y es el responsable de que las partículas elementales tengan masa.
Tumbado al aire libre mientras contemplo en la quietud de la noche el cielo estrellado, afición que adquirí en mi niñez por influjo de mi padre, me invade con frecuencia la emoción de saber que la luz de los astros que contemplo no es la que emiten hoy, sino la que enviaron hace tantos años como esa luz ha necesitado para salvar la distancia que media hasta mí. Es como recibir un precioso regalo enviado desde los más remotos rincones del Universo. De modo que cuanto más lejos alcanzan los astrónomos a ver en el espacio profundo con los potentes medios de observación actuales, más cerca estamos de contemplar el origen del Universo. Dicho en pocas palabras, la luz nos permite medir el espacio y de paso el tiempo.
Un poco influenciado por los descubrimientos citados y otro poco guiado por mi particular intuición, ahí va mi propuesta estética del origen de todo, tan modesta en su capacidad para reproducir lo irreproducible como soberbia por el mero hecho de intentarlo. Pero, en fin, es la mía y confío tanto en la benevolencia del espectador como en su contraste entre la luz creadora y su ausencia.
A tenor de lo que hoy vamos conociendo, todo empezó en un instante, en un único y creador instante, antes del cual no había nada, ni siquiera oscuridad, ni siquiera tiempo. Mi cuadro lo titulo "Génesis 1.1" en honor al primer versículo de la Biblia, ese que afirma que "En el principio Dios creó el Cielo y la Tierra". Pues bien, hoy por hoy y mientras no se demuestre lo contrario, la validez de esta trascendental revelación sólo podría formularse en una expresión matemática tan escueta como archiconocida: E=m c2

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